viernes, 19 de febrero de 2016

La soledad

De pequeños, nacemos acompañados y normalmente seguimos así hasta bien pasada la adolescencia o incluso cuando ya se acerca la madurez. Nuestro padres y hermanos (si se tienen) forman nuestro círculo de estabilidad, nuestro apoyo y nuestra distracción siempre que no tenemos nada mejor que hacer.

Llegamos a nuestras casas y siempre hay un padre o hermano dispuesto a preguntarnos por nuestro día o a sentarse a nuestro lado a la hora de la cena. Cuando nos vamos haciendo mayores, no siempre son compatibles nuestros horarios y no siempre compartimos los mismos momentos que cuando éramos niños, pero siguen estado ahí, aunque sólo sea de vez en cuando.

El cambio más grande se produce en nuestros primeros años de independencia, cuando no lo hacemos a través de una pareja o grupo de amigos. Tras nuestra jornada laboral, llegamos a una casa que está vacía, en la que todo está tal y como lo dejamos al irnos por la mañana y donde hasta nuestra respiración hace eco.

Cenamos solos, dormimos solos, nos levantamos solos... De vez en cuando rompemos la monotonía con la visita de familiares y amigos, que se acaban yendo a sus casas y nos vuelven a dejar solos. Si cumplidos los treinta, no tenemos una pareja estable, los muros se hacen cada vez más gruesos y los techos más bajos y sentimos esa sensación de agobio que nos abre las puertas a un mundo exterior que sigue ahí. No apuntamos a gimnasios, a cursos de idiomas o de cocina, a clubes de senderismo... a todo lo que encontramos y que no nos desagrada en exceso. Con ello gastamos nuestro dinero en llenar un tiempo que nos sobra y que nos hace pensar que nuestra vida no nos lleva a ningún sitio.

Llegadas las vacaciones visitamos destinos a cual más exótico y cuando nos damos cuenta, los cuarenta están ahí... y nosotros seguimos sin pareja y sin ningún atisbo de tener descendencia. Buscamos entonces un persona con la que llenar esos huecos, con la que compartir esos vacíos y transformar esas vacaciones exóticas en vacaciones románticas. Cambiamos destinos pero no cambiamos el resultado. Seguimos teniendo el mismo vacío. En navidades, cada uno por su lado y tal vez en alguna celebración familiar aparece un hueco para "acompañantes".

Seguimos con nuestras vidas pensando que ya lo tenemos todo hecho, que el camino ya está delimitado y solamente hay que seguirlo. Tal vez, tener algún día no muy lejano hijos y ceder por el bien de la pareja en nuestros gustos más alejados del otro. Un buen día aparece por el camino esa persona que te cambia todo, que te hace ver que el mundo es diferente a todo lo que habías imaginado. Y es ahí cuando te das cuenta de que la soledad no era ser la única persona en la habitación, la soledad era sentirte vacío aún teniendo a alguien a tu lado.